Manila: un atardecer efímero, con miles de colores en un cielo pintado por nubes de acuarela. Gente que te sonríe por la calle aún sin saber quién eres, con una bondad innata que tanto he añorado en Occidente. El olor a mar y a mango. A pollo en adobo y tortillas de berenjena. La mezcla de culturas asiáticas con toques occidentales, incluso españoles. Esto es Filipinas, el país más atípico del Sudeste Asiático.

Mi viaje a Filipinas en 2010 estaba ligado a un proyecto muy bonito que quisimos desarrollar, pero que por temas legales finalmente no pudimos llevar a cabo: la apertura de un hotel ecológico en alguna de sus paradisiacas islas. Teníamos varias islas candidatas y mucho trabajo por delante, pues teníamos que ver las facilidades que daba el gobierno a la inversión extranjera, buscar una localización perfecta, reunirnos con mucha gente… y viajar. Viajar mucho por Filipinas, para descubrir su espíritu y empaparnos de su alma. En total, el viaje duró cerca de 4 meses.

Tras unas semanas visitando Bali y Bangkok (podréis ver mis experiencias allí dentro de poco), aterricé en Manila, la capital de Filipinas. Cuando digo Manila todo el mundo se imagina una ciudad normal y corriente, con sus rascacielos típicos asiáticos, sus barrios más modestos y sus chabolas marginales donde todos conviven al pie de algún río. Pero en Manila esta idea es llevada a otro nivel…no son barrios, ¡son ciudades!. Varias ciudades que un día decidieron juntarse para formar la gran Manila. Yo me alojaba en la ciudad de Makati, la ciudad financiera; un distrito lleno de rascacielos y bulevares de lujo, restaurantes de moda y gente en corbata, que aún así no dejaba de sonreir.

Mi impresión de cómo iban a ser mis días en Manila, era de “business trip”. Un viaje lleno de reuniones por el día y tardes de internet en algún McDonalds, pero nada más lejos de la realidad. No quiero aburriros con todas las conclusiones de mis reuniones pero en ellas conocí a gente, como los becarios del ICEX, que se portaron de maravilla conmigo, o empresarios españoles, que me han ayudado y me sacaron de mi rutina para mi alegría.

Manila es una ciudad gigante… no sé si lo había comentado antes pero es enorme. Una de las ciudades más grandes de Asia y con mayor densidad de población de gente. A primera vista no tiene nada especial. Muchos rascacielos, gente muy amable, centros comerciales de lujo, constantes contrastes… pero nada que se pueda definir como un rasgo auténtico filipino que más tarde me encontraría en sus islas.

Pero si me llevé un par de sorpresas en Manila: Intramuros y China Town.

A China Town llegamos en metro, un metro tan lleno de gente que parece que van a sobresalir por las ventanas. Ddonde todo el mundo se mezcla con los demás. El barrio chino hace verdadero honor a China: está lleno de gente y de callejuelas con infinitas tiendas. Además veremos multitud de baratijas e imitaciones por doquier y comida de dudosa calidad.

Alcanzamos la zona de Intramuros en un largo y aventurero viaje en Jeepney (el transporte nacional filipino). Intramuros aparece en Manila como una burbuja cultural en medio de una gran ciudad financiera. O en medio de una ciudad tremendamente pobre, porque Manila tiene las dos caras. De repente nos trasladamos a la España castiza o a la Perú colonial, y nos sentimos incluso como en casa: la Iglesia de San Agustín, la Plaza de Armas, la Basílica Menor del Nazareno Negro, la Catedral y hasta el Fuerte de Santiago. Toda la visita amoldando nuestros pies a las calles empedradas, dejándonos un regusto a España.

El atardecer desde el puerto no hay que perdérselo.

Atardecer en Manila

*Fotografías realizada por mi primo Fernando Palazuelos, fiel viajero a mi vera en este viaje.

 

Y tú, ¿recomendarías Manila para quedarte un par de noches?

¿Cuáles fueron tus aventuras en la ciudad de ciudades?

¿Algún consejo sobre qué más visitar?

 

¡Vótanos! 🙂

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